Fundación Arg de Logoterapia

DOCUMENTOS LOGO

No me rompas la burbuja que no sé cómo sufrir

AUTOR: LIC. BARONA TERAN


Vivimos en una cultura hedonista que privilegia el placer vacío y superfluo sobre la realización y el crecimiento humano que se genera en la vivencia del deber ser. El sufrimiento dejó de ser una posibilidad y cualquier sentimiento displacentero deberá ser evitado a cualquier costo. La “buena vida “se mide por la cantidad de momentos “felices” que podrán ser conseguidos para publicarse en las redes sociales. Esta mirada restringe el espacio de despliegue de la espiritualidad y como tal de humanidad.

“Generación Hámster” es como he decidido llamar a este grupo de adolescentes y adultos jóvenes con quienes me encuentro en el espacio terapéutico que llegan a los procesos de acompañamiento atrapados en la angustia y la desesperación, después de haber tenido un ataque de pánico y tomando medicación de todo tipo. Sufriendo, aterrados y desesperados… Como el pequeño animalito que encerrado en una burbuja de plástico recorre el espacio que le ha sido designado. Dentro de la burbuja nada le hace daño, pero tampoco puede sentir nada aparte del plástico de la burbuja, oler o tocar nada; restringiéndose así su “libertad” y su posibilidad de descubrir el mundo circundante, y si le abren la burbuja se sentirá igual de aterrado.

Estos padres y madres que “emburbujan” a sus hijos están completamente desconectados de la posibilidad de disfrute en las actividades simples, ajenos a los milagros cotidianos, extraños a cuan responsables son de sus vidas y a su libertad de elegir el lugar desde el cual quieren enfrentar la vida, sin darse cuenta de que resolver problemas es un privilegio para el cual están plenamente capacitados. Desde este lugar pretenden evitar cualquier incomodidad a sus hijos porque la vida adulta “es demasiado dura y nunca más volverán a ser felices”

Una generación que llega al mundo con el mandato de “ser feliz”: individuos hombres y mujeres que niegan la posibilidad del sufrimiento, niegan su existencia y desde esta negación restringen su posibilidad de resignificación y aprendizaje. No aprendieron a frustrarse, a esperar, a desear, a resolver problemas y cuando llegan a una edad en la que sus padres no pueden hacerse cargo de todo y alguien más les dice no, se pierden en la desesperación.

A sufrir se aprende con el tiempo, con la vida, con cosas pequeñas que se sienten grandes y en función a enfrentar la vida y resolver las cosas, se generan herramientas que van sosteniendo al individuo cuando los problemas son más grandes.

En la burbuja envían un mensaje de incapacidad, cuestionan la fortaleza de sus hijos para enfrentar la vida y encontrar el disfrute en la resolución de las dificultades, en el despliegue de herramientas espirituales, el mensaje oculto es “tú no puedes”. Existe una invalidación de los procesos emocionales normales y de la validación de los sentimientos como instrumentos de autoconocimiento, impidiendo también la regulación de los mismos y “la capacidad infinita que tiene el ser humano para elegir como responder”. (Lukas, E. Psicología Espiritual. Ed. San Pablo. 2008)

La maravilla del ser humano es su infinita capacidad de resignificar. No importa lo que un individuo haya podido experimentar a lo largo de su crecimiento: el dolor, el trauma, la familia tóxica o abandónica o haber estado encerrados en una burbuja. A partir de los 20 años el individuo tiene desarrollado su órgano psicofísico completamente, lo que significa que el espíritu tiene una oportunidad de despliegue y espacio para continuar madurando. Es por ello que consideramos que “la generación Hámster” tiene, a pesar de todo, la posibilidad de empezar a autodistanciarse y elegir autotrascender para así encontrar el sentido de su sufrimiento.

El vacío se llena con actos, con movimiento, hacia afuera. Mientras estén sentados demandando que alguien llegue a darles felicidad, a resolver sus problemas, a llenar su sensación de vacío con “cosas”, la neurosis solo seguirá creciendo. El individuo cosificado, aquel que vino a “ser feliz”, no ha descubierto su capacidad de reconocer su libertad y la responsabilidad que tiene sobre su vida, de apropiarse de su posibilidad de acción y por tanto de entender que solo él puede dar un sentido a su existencia.

Como dice Frankl en una entrevista que podemos encontrar en Youtube: “Desesperanza es el sufrimiento sin propósito” (www.youtube.com/wtch?v=k6JeEkaaBt4&t=26s) y la única persona capaz de encontrar un propósito es la dueña de la vivencia específica, pero para esto necesita apropiarse de su vida y reconocer su libertad ilimitada para elegir como vivir lo que no puede cambiar.

El trabajo del terapeuta en el proceso de humanización está en acompañar en el camino de aprender a sufrir, desde un lugar amoroso, conteniendo, validando, un espacio libre de juicios que invita a aceptar, entender, explorar y descubrir el potencial. Quien llega al espacio terapéutico ya está caminando, siendo el síntoma un indicativo de la búsqueda de la parte sana de esa persona.

Si sufrir es inevitable acompañemos a nuestros pacientes a descubrir la oportunidad de crecimiento implícita en el mismo, desde la resignificación y el despliegue de herramientas que ya tienen pero que todavía no han descubierto que están allí o como utilizarlas, apelando para que despierten su capacidad de vivir la vida que vinieron a vivir y de la que son responsables y únicos propietarios. Como parte del rol del terapeuta esta la invitación a “hacerse cargo”. Invitación que Frankl nos hiciese a todos como actitud de suprema libertad humana.
 

LIC. BARONA TERAN

SUSCRÍBASE A NUESTRO

NEWSLETTER

Y entérese de todas nuestras actividades y novedades.

LOS CAMPOS CON * SON OBLIGATORIOS